¡Síguenos!Activista defiende derecho a decidir frente a sufrimiento irreversible prolongado
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A casi seis meses de su presentación en el Senado de la República, la Ley Trasciende volvió al centro de la discusión pública tras el posicionamiento de la Iglesia católica mexicana, que fijó por primera vez una postura abierta y crítica frente a la iniciativa impulsada por Samara Martínez.
El pronunciamiento se publicó este domingo en el semanario Desde la Fe, en un momento clave: la propuesta, presentada el 28 de octubre de 2025, se prepara para su primera discusión formal el 23 de abril, luego de permanecer en comisiones legislativas durante cerca de medio año.
La Arquidiócesis Primada de México rechazó que el concepto de “muerte digna” pueda justificar la eutanasia o el suicidio asistido. En su editorial, subrayó que ninguna condición —por adversa que sea— disminuye el valor de la vida humana. “La dignidad no depende del estado físico”, sostiene el texto.
En contraste, la experiencia de Samara Martínez, de 30 años, se coloca como eje del debate. Vive con enfermedades progresivas e irreversibles, depende de diálisis gran parte del día y ha agotado opciones médicas. Intentó dos trasplantes de riñón —uno de su hermano y otro de un donante fallecido—, ambos rechazados por su organismo.
Para ella, la discusión no es abstracta. Es cotidiana. Dolor, agotamiento y tratamientos constantes marcan su vida. “El objetivo no es querer morir, sino poder hacerlo con dignidad”, ha reiterado.
La iniciativa propone reformar la Ley General de Salud, incluyendo el artículo 166, para despenalizar la eutanasia y reconocer el derecho a decidir el final de la vida. Contempla cuatro ejes: suspensión de tratamientos, voluntad anticipada, acceso universal a cuidados paliativos y ayuda médica para morir.
El proyecto suma más de 128 mil firmas y respaldo de legisladoras de Morena. En paralelo, el activista Aurélien Guilabert advirtió que la ayuda para morir ya ocurre en la clandestinidad, sin regulación.
Mientras tanto, la Iglesia insiste: el deber es aliviar el dolor, no adelantar la muerte. El contraste se agudiza. Por un lado, la defensa de la vida hasta su fin natural. Por el otro, la exigencia de decidir frente al sufrimiento irreversible.


